“Mi diagnóstico es sencillo: sé que no tengo remedio” (Julio Cortázar)

…hasta que aquella endemoniada tarde me subí a cuestas la locura camino del monte del olvido.

  No vengas a preguntarme la ruta, no me pidas el mapa, no configures tu gps. Ya borré las coordenadas. 

  Le arranqué las manecillas al reloj para alejar la pesadez del tiempo ante tu ausencia. 

  Me encerré a ratos para guardarte luto, pero salieron los fantasmas del recuerdo a acecharme. Tuve que maldecir tu nombre para que se desvanecieran. 

  Corrí, huí a la calle, paseé de la mano del alboroto y el barullo. Rodeada de un incesante ruido me senté en un banco, me acurruqué junto a un hombre estrafalario con la mirada perdida en el mismo horizonte que el mío. Y allí, me dejé ganar por el desaliento. Cerré los ojos hasta que hubo silencio, hubo soledad, y volvió de nuevo tu presencia.

  Eché a andar para salir del parque de los desorientados buscando el letrero que me indicara la vuelta a lo inevitable. A empujones de sensatez emprendí mi regreso a casa. No te dejé colarte por las rendijas del silencio. Para evitarte murmuraba, me repetía una y otra vez: “No tengo más remedio, que remediar lo que tengo”.

  “El secreto de la existencia no consiste solamente en vivir, sino en saber para que se vive” (Fiodor Dostoievski)

  Cuando a alguien le da por huir de sí mismo, se queda sin opciones tan pronto como empieza la huída.

  No hay rincones donde el eco de la propia voz no resuene con la contundencia de un taladro a máxima potencia. Si no se quiere estar y las circunstancias obligan, se perforan las alas de la libertad.

  Admites que no hay escapatoria del ronroneo perpetuo desde que se hizo presente por primera vez. Al verte entre la espada y la pared comienzas una batalla encarnizada por no perder ante el enemigo que mejor te conoce. No es posible una derrota cuando lo que hay en juego es lo único que te mantiene estable dentro de la gravedad.

  En los días en los que te reprochas todo y te argumentas cada intento de bloqueo, la energía se reduce y deja poco margen a los actos cotidianos. Ese día te levantas guerrera y comienzas la cruzada. Luchas por expropiar de tus dominios a la pesadumbre y el hastío, a la sinrazón, a toda idea que te inmoviliza y crea una calzada empedrada y cuesta arriba. Y esa solo la construyes tú.

  Te ríes de todo y de todos con una risa sarcástica y desganada. Fruto de un ataque de locura premeditado por una consciencia agotada de buscarle sentido al desgaste mental al que te autosometes.  

  Desvirgas las nuevas ideas de cambio con el falo erguido por las pastillas de lo insustancial. No dejas brotar la semilla del desahogo. Te deshidratas a propósito porque nada parece merecer gotas de esperanza. 

  No haces más que gritarte que puñetas te pasa para complicarte sola uno de esos tantos días de los que tienes la suerte de disponer. Te mortificas en silencio, clavándote la censura social que crees que aplicarían los que supieran que tras esa foto con sonrisa radiante, hay alguien al que le falta el aire, porque se pone una bolsa en la cabeza ella misma, para no oler la realidad que no es más dura que la del resto de afortunados que la rodean, pero que hoy, despertó sin ganas de respirarla, sin fuerza en los párpados, que caen presionados por la bestia interior de pensamientos punzantes, que consigue acallar la mayor parte de los días para poder seguir.

  ¿Para qué narices dejo sonar cada mañana el despertador que me esclaviza a una constante de idas y venidas de actos mundanos? Sé que esto es el vivir, y quiero hacerlo porque no hay otra cosa más interesante que pueda hacer de momento, pero quiero hacerlo sabiendo de lo absurdo que me supone una existencia.

  

  Hoy no voy a pedir disculpas por lo que he escrito, aunque deprima, aun sea malo e insoportable. Hoy no hablo de lo maravilloso que es el mundo, ni de todo lo bello que me ofrece. He liberado lo oscuro, lo sucio, lo turbio que me atormenta. No todos somos almas cándidas, al menos en todo momento.

  “No puedes evitar que los problemas llamen a tu puerta, pero tampoco hay necesidad de ofrecerles una silla” (Joseph Joubert)

  Mientras ocurre el trasiego diario, mientras todos se centran en los quehaceres cotidianos, mientras las manecillas giran impulsadas por la agonía del tiempo, yo me entretengo pensando en los caminos por los que serpentean los actos que llevamos a cabo. El estar de vacaciones es lo que tiene, tiempo para entretenerse en lo que a uno le gusta.

  Intentar evitar es tan complicado a veces como intentar coincidir. ¿Han jugado alguna vez a hacer Sudokus? Colocar números en un cuadrado donde no se repitan tanto dentro de él como en la línea que le cruza horizontal y verticalmente. Puedes centrarte en probar suerte con el “aquí mismo, error o acierto” (poco efectivo a mayor nivel de dificultad) o haces un estudio pormenorizado de las posibilidades. En la vida solemos jugar en contrario. Somos como esos números, pero en este caso buscamos coincidir en la misma trayectoria con los que son iguales a nosotros. Otras veces llevar a la práctica el juego con sus verdaderas reglas de esquivar hasta verte solo en el horizonte es misión imposible.

  Salvo excepciones, no solemos pasarnos la vida en ninguno de los dos extremos. Ni evitamos, ni buscamos continuamente la soledad o a nuestras almas gemelas. Aunque por regla general nos escondemos de los problemáticos y sus temáticas de almas en pena y nos acercamos atraídos casi como por un imán al que nos saca la sonrisa y acelera nuestro corazón.

  ¿Qué soléis evitar?

  Yo evito comprar chocolate, porque soy incapaz de comerme una onza, no paro hasta zamparme la tableta. Evito coincidir con los vecinos en el rellano, porque me resulta incómodo no tener un tema de conversación más interesante que el tiempo que hace ese día, ya que lo que me suele interesar a mí la mayor parte de las veces no coincide con mi interlocutor y a la inversa. Evito hablar con rotundidad casi de cualquier tema, aunque a veces caiga en el error, hay que intentar esquivar “los siempre y los nunca”, no se sabe hacia donde soplará el viento mañana y las velas habrá que adaptarlas para seguir avanzando. Aunque me encante debatir, evito el discutir. Con el tiempo descubrí que hay una palanca de bloqueo interior que hace incompatible el razonamiento cuando percibimos contrariedad, es decir, que queremos llevar la razón cuando nos porfían por pura tozudez. Evito ponerme el sujetador para dormir y en cambio evito no llevarlo durante el día. Evito las fotos de perfil, nunca me gusté así, quizá sea porque me gusta ir de frente. A no ser que en ella lleve escrito un secreto. Voy a evitar seguir escribiendo sobre lo evitable, que a veces se convierte en inevitable.

  Por el contrario, ¿en qué tenéis fijada la mirada?

  Yo busco incesantemente la emotividad de las cosas. No puede acabar un día en el que no haya sentido algo con intensidad, en lo más simple del día a día o en la complejidad de un pensamiento. No me gusta que la vida pase sin provocar una reacción en mí. Por ese motivo, si en algún momento pasan las horas sin que nada me altere, cojo un libro o entro en alguna web, como un sabueso que necesita capturar la presa que le hace mover el rabo. En ellos busco esas palabras que recorrieron la mente de otra persona para que traigan hasta mí lo que ellas sintieron al crearlas. A veces busco la melancolía, preparo el escenario con música lagrimosa, y me revuelco en lo vivido.

  Con lo que buscamos y evitamos vamos creando un mapa que puede llevarnos hasta el tesoro de la felicidad. No imagino vivir sin sentir a cada instante que estoy viva.

  Antes de cerrar el texto, antes de que salgas de este rincón y me acalles de nuevo. Déjame decirte que cuando tus ojos dejan de posarse en mis letras, resulta inevitable sentir el dolor que produce la aguja que tatúa el silencio. Por eso dejo la tinta grabada en estas lineas, por eso vuelco estas palabras, porque aún sin saber si pasarás a recogerlas para introducirlas en algún poro de tu piel, siento la necesidad de compartir mis pensamientos contigo. Este espacio no tiene sentido sin tus confidentes visitas, porque si algo busco, es a ti.

“A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo con el amor” (Elena Poniatowska)

  Con el paso del tiempo no solo he cumplido años, también he cumplido sueños. Lástima que algunos de ellos fueran pesadillas.

  Durante la infancia aprendí a disfrutar de la magia que se produce en mi mente cuando ésta crea ilusiones. Sin embargo, todos sabemos que llega un punto en el que el velo de la inocencia se cae modificando la percepción de lo imaginado. Ser mariposa no resulta tan grato cuando descubres que todos empezamos siendo unos capullos. Pero a muchos, durante algunos años más, nos dura algo traslúcida la capa de la ingenuidad de cupido. Creemos en sus flechas tanto que sentimos que se clavan hasta el hueso. Mas adelante no es que no creamos en él, es que parece que perdió fuerza en los brazos y pasó de tirador olímpico a jugador senior del club de la tercera edad.  

  No he sido una princesita de cuento, pero he creído en las historias de amor. Aunque a medida que pasan los años vaya cambiando el final de la historia. Tal vez dude algo del “por siempre jamás”, aunque hay excepciones que confirman la regla. He visto a demasiados príncipes irse a afilar su espada a otros castillos y a princesas a las que le suenan las doce campanadas y continúan de fiesta. No es que haya abundancia de personajes malvados, no todos quisieron el papel de bruja o hechicero, simplemente que el poder del conjuro no tiene porque durar eternamente.

  La búsqueda incesante de lo que nos enamora es otra de las tantas batallas que llevamos dentro, aun sabiendo que la desilusión nos vence algunos combates.

  Existe un valle desconocido para aquellos que viven enamorados, donde habita la viuda negra de las pasiones. Aquél que cruza el umbral de su morada, pierde la capacidad de sentir aquello que antes le emocionaba. Se desconoce el sendero que lleva hasta su puerta, pero se reconoce a aquel que un día fue a visitarla, porque su mirada se oscurece, en ella se instala la sinrazón de una llama apagada. De esos brillos que roba se alimenta la dama maldita, esa que un día vivió enamorada, y por despecho ahora se engalana de ropajes roídos con la piel de unos labios que ya no besan, de unas manos que ya no tocan, de un corazón que late sin fuerza en una cama de frías sábanas. 

  Los jóvenes no creen en ese cuento de viejas. Ojalá ninguno de ellos tuviera que verle le cara.

  “No le temo a la muerte, sólo que no me gustaría estar allí cuando suceda” (Woody Allen)

  Imaginemos que abandonamos lo que se bautizó como vida y nos adentramos en la ultratumba. Ese lugar que algunos llaman el cielo, paraíso, purgatorio, infierno, el más allá…¡vayamos a saber en que hotel nos ha tocado el alojamiento infinito! 

  No tenemos que preocuparnos, nos vamos a encontrar gente igual de interesante en cada uno de esos sitios. El ambiente puede estar mas o menos caldeado dependiendo de la ubicación, pero seguramente no habrá tiempo para aburrirse en ninguno de ellos.  

  Lo primero es subirse al crucero con la pulsera del todo incluido rumbo al puerto fijado. No os quejéis, no estoy retocando un poco la historia, es que la cosa ha mejorado desde la antigua Grecia. A Caronte ya la barca se le hundió de tanto usarla, y las monedas bajo la lengua junto con el meneo de la balsa daban un poco de arcadas a los pasajeros poniendo el bote de vez en cuando que daba asco. Así que el pobre barquero se puso en huelga en varias ocasiones por las condiciones laborales, llevando a Hades a aplicar mejoras en el puesto.

   Si me toca ir al sitio deseado por las almas oradoras. ¡Olé! Resultaría que los hubo más pecadores que yo. El alojamiento de tercera clase seguramente estará completo a estas alturas con tanta crisis inmobiliaria. Quizá me hospede en una suite de lujo que coja por ganga. Puede que no en el residencial de “Los Santos Inocentes”, pero el de “Sálvese Quien Pueda” tampoco estaría mal. Sé que allí tendría por vecino a Thomas Andrews Jr. No se preocupen, no construyó el barco que les trae a este puerto, desde que diseñó el Titanic no lo contratan en ningún astillero, anda haciendo de chapuzas por el barrio.

   El residencial contiguo es “Sin Letras No Hay Paraíso”. Lo sé, puede confundir a más de uno. Pero lo mismo me pasó cuando supe de que trataba “La Divina Comedia”, me timaron con el título, puede pasaros como con este texto, que no le encontréis por ningún sitio la gracia. Bueno, pues esta urbanización de hecho está plagado de vecinos timados, llegaron en busca de los ansiados volúmenes de Eva e hinchados de frustación se quedaron. Pero ya sabemos que estamos en tierra santa, aquí nada de lujuria. En fin, un barrio de escritores ansiosos con la pluma reseca. Ahí podemos aprender bastante, se encuentran todos los componentes de la “Real Academia de los Mandamientos”. Actualmente se encuentra en reforma por el sexto y el noveno de ellos, porque eso de los “actos impuros” no queda muy claro en la tierra, y como el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento, se nos están perdiendo demasiadas almas por ese tema. Tito Satán está que echa chispas por el “overbooking” de su cálida morada.

  Si por el contrario desembarcas en “Porto Purga”, ya sabes que aún no estás en tu destino definitivo. Es algo así como un parador en tierra de nadie. Un ni aquí, ni allí. Tiene spa con agua bendita y 24 horas de cabinas de confesión. Te garantizan que en 20 sesiones intensivas te dan alojamiento en la zona celestial.

  Algunos acaban en el limbo, ni se enteran que vivieron, murieron o tan siquiera que aún existen. Un camping privado. Esas almas viven acampadas a la intemperie sin billete de vuelta y sin rumbo fijo. Dicen que allí se quedan principalmente aquellos que dejaron voluntariamente de estar vivitos y coleando. Hay buena música ambiente. Si tienes alguna duda, te acercas a recepción y Kurt, un rubio monísimo, te ayuda a volver a estar en la inopia en poco tiempo.

  Mas al sur está “Porto Allegre” donde se ubica el Gran Resort “Principe Blas”. Quiso abreviar y camuflar el nombre completo, ya que asusta un poco por la bruma. Allí hay un gran elenco de personajes de la historia. En “Villa Tridente” se aloja el director del hotel, no hace falta presentarlo, “el Tito” se presenta cuando menos te lo esperas. El complejo hotelero tiene cocina en vivo con un restaurante principal especializado en canibalismo “Las Brasas”, suena apetitoso. Nada más llegar te ofrecen un cóctel de bienvenida con vino de la prestigiosa casa de Elizabeth Bathory. Ofrecen actividades durante todo el día. La animación la organiza “Pol Pot S.L.”, si te gusta el juego de las minas, él te ofrece una zona lúdica exclusiva. Hay servicio de canguros llamado “Herodes Kids”, con actividades en la cámara de gas y tiro con arco. Las piscinas son de aguas termales en las que te garantizan el despellejamiento y un peeling gratuito a base de pirañas exóticas. Con la reserva te hacen un regalo a elegir entre: un tatuaje del exclusivo centro ruso “Ivan, y no vuelven” o un penetrante perfume de origen iraquí creado por “Ali, Quiminova”. Las veladas acaban con unas tracas finales cortesía de las “Compañías Schutzstaffel”. Ya sabéis que nuestro Abu Adolf es un encanto, se retuerce el bigotillo de ilusión por amenizar cualquier evento. 

  Llega el momento de resucitar fantasiosamente hablando. Tanto divagar con el interesante devenir puede crearnos ansiedad por coger las vacaciones anticipadas y acabar al final en el limbo por impacientes.

  Mejor dejaré que cada cual compruebe por si mismo que hay al final del túnel. Aunque si alguno se muere de ganas por volver a contarlo, no dudéis en contactar conmigo por el medio que más económico os salga: vía ouija, telepáticamente, llamada a cobro revertido, o si ya veis que aun así no me entero de nada por el despiste, me mandáis un poltergeist de esos juguetones, y ya veréis que pronto respondo. Aunque la verdad, siempre me han dado mas miedo los vivos que los muertos.

  Bon voyage! 

“Personalmente siempre estoy dispuesto a aprender, aunque no siempre me gusta que me den lecciones” (Winston Churchill).

  Cuando te confías como la liebre del cuento, terminas recibiendo una lección de la tortuga. Las carreras de fondo no admiten distracciones si tu intención es lograr unos buenos resultados y no solo cruzar la meta.

  Nos pasamos la vida siendo aprendices de todo, aunque muchos se consideren maestros. Maestros de la ciencia de la nada.

  Recuerdo decir en casa cuando me daba pereza algo:“es que no sé hacerlo”. Automáticamente mi madre contestaba:“pues aprende, nadie nace sabiendo”. ¡Y tanto que aprendía! La mejor lección no fue el conocer cada tarea (sin duda de gran utilidad), sino la frase en sí de que todo se puede aprender en mayor o menor medida, para ello es imprescindible la constancia y el esfuerzo.

  Ahora entiendo por qué me encantan tanto las palabras de los diversos autores que publico con cada texto. Normalmente son fruto de experiencias vividas que nos aportan un enfoque personal de un determinado hecho que puede servirnos en algunos momentos para reflexionar. Mi madre comenzó a adentrarme en ese mundo de las “frases guía”. Luego se quejaba de que con los años todo se lo replicaba. Esa fue una de las consecuencias de educar con citas y refranes, me enseñó a pensar así. 

  Las frases también estaban muy presentes en la escuela. Fui a un colegio de monjas. Tan admirado y criticado por la sociedad como amado y odiado en igualdad por sus colegiales. No te deja indiferente si lo vives de cerca. Las paredes estaban decoradas con un gran repertorio de enseñanzas que nosotros mismos ayudábamos a cambiar cada cierto tiempo. Leer a diario cada una de aquellas palabras, terminaban calando hondo, para bien o para mal. Era un recordatorio continuo de los errores a evitar y los caminos correctos a seguir. Está bien eso del mensaje subliminal, lo que a nadie le gusta es que se le imponga una idea.

  También fui discípula de la calle. La picaresca la desarrollamos allí más que en ningún otro lugar. El juego con los amigos, las relaciones interpersonales, los ambientes alejados del rol protector del adulto te forja el carácter. Dos lugares fueron los principales, uno cercano a la familia frente a un gran descampado con dos porterías de fútbol, principalmente rodeada de primos donde te preparas para el verdadero salto a la sociedad. Ese salto lo di en un lugar que llamábamos “El Patio”. Así bautizado porque parecía un patio escolar. Una pequeña placita rodeada de pisos con bancos de piedra donde los “niños” (y no tan niños) de los alrededores nos reuníamos para jugar, charlar y tontear. Sí, tontear también, allí conocí a mi primer amor. Porque el amor también te instruye. En aquel sitio mi “pavo”(cierta ingenuidad) acabó reduciéndose a fuerza de palos. Me enseñaron a ver tantos puntos de vista, que solo de allí puedo sacar un libro de frases de vida. Aprendí a tener cuidado con lo que decía, donde me sentaba, que comía, porque todo era punto de partida de una enseñanza a base de bromas y piques que me despabilaban para lo que más adelante me esperaba.

  Formamos parte de un gran centro de prácticas. Cursamos una carrera de la que nunca te licencias y mejor así, no quiero obtener el título de fin de formación, de momento.

  Hay a quienes les gusta repetir curso, los que se quedan en preescolar, los hay aventajados que se saltan etapas regladas, aquellos que disfrutan faltando a clases porque aprenden por su cuenta, los hay de primera y de última fila, los que se esconden tras los libros para pasar desapercibidos y aquellos que levantan la mano porque desean quitarse dudas y otros para hacerse notar. 

  Con independencia del tipo de alumno que seamos, repasa las lecciones y “nunca lo des todo por sabido”. Vive la vida como ese patio de recreo en el que nunca es tarde para aprender jugando.

“Si ves que mi canción acaso no resulta, avísame y recojo la melancolía… Melancolía” (Alejandro Sanz)

  ¿Y si no quiero recordar? 

  Hoy sopla el levante con fuerza. Espero que con él se vayan los recuerdos, esos de los que deseamos a veces huir, de los que desgarran por dentro. 

   No quiero recordar, aunque pueda parecer injusta para aquel que lucha contra el dragón que vacía las mentes abarrotadas de vivencias, aquel que al llegar a la vejez arrasa con aquello que un día se fue. 

  El vagón desmemoriado no me deja decidir en que apeadero detenerse. Por si mismo se lleva y trae pensamientos que a mí pueden parecerme azar y a él el juego de construir el puzzle de otra de tantas vidas.
  

  No quiero rememorar el olor de la piel de mi madre cuando me dejaba apoyar la cabeza sobre su barriga al salir de la ducha, porque ese momento de absoluta seguridad no ha vuelto a aparecer con la misma intensidad.

  No quiero recordar el sabor de las despedidas, porque el amargo se hizo más presente en mi paladar tras cada una de ellas.

  No quiero el recuerdo de mirar por una ventana y ver tras el cristal aquello que no volveré a ver mañana.

  No quiero oír las canciones que parecen haber sido compuestas para abrir el baúl de la nostalgia. Me cansé de acunar unas letras que arañan.
  

  No quiero ni que la brisa me roce cuando mi piel sueña con las caricias que se fundieron con mi cuerpo apropiándose de él. 

  Hoy por no querer, no quiero nada que me haga ser consciente de que somos efímeros. Hoy necesito entrar en la cueva solitaria, bañarme en el fango hasta el cuello aunque otros días evite pisarlo. Pero quizá, cuando se trata de hablar sobre la vida, todos y cada uno de los sentimientos han de tener cabida. Hoy se adueñó de mí la melancolía. Hoy, espero que solo sea hoy, como sabemos que únicos son los días e irrepetible lo que en ellos se graban. Hoy debe ser una excepción que confirme la regla de las alegrías. 

  “Si no tome mi consejo, y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, sin otras manos que le acaben que las de la melancolía” 

(M. Cervantes)

  “Más interesante que lo que la gente dice es su pensamiento secreto, y esto es lo que importa conocer”(Maurice Maeterlinck).

  Mientras me negabas…

     He fijado mis ojos en los tuyos y has apartado la mirada. He observado tus labios y has comenzado a tartamudear. He rozado tu piel  y has dejado de moverte. No puedes negarme con la boca lo que afirmas con tu cuerpo. No escondas tras tus palabras el sentimiento.

  Podemos huir cuanto queramos de lo evidente, pero se encargará de resurgir a cada paso. Lo que se es, se quiere o se siente nos persigue como nuestra sombra. Y esa sombra es la que me interesa observar. Ver la imagen nítida de una persona no es más interesante que ver su silueta. Solo hay que aprender a reconocer el juego de luces.

  Cuando uno desea aprender del mundo, tiene mucho que contemplar, que meditar y que escuchar. Hay que dejar de ser uno mismo y volverse camaleón. El dominio del camuflaje es esencial para que se abran las almas de forma natural, como los pétalos de una flor. No hablo de mudar la piel o cambiar de color, es algo menos obvio, es abandonar lo seguro, lo aprendido y adentrarse en lo desconocido. Descifrar las razones de los actos sin oír los motivos.

  Imagino que todos habéis estado sentados en un parque alguna vez, mirando a vuestro alrededor, sintiendo como os envuelve la vida. Ajenos a las existencias reales de los presentes, mientras construís historias inventadas. Suponemos continuamente, prejuzgamos, porque a nuestra mente le gusta transformar el mundo a su antojo. Ella huye del presente, del instante preciso, vagabundea del pasado al futuro, y si regresa, es para seguir inventando o reinterpretando a su gusto. 

  Una misma escena será evaluada por tantas mentes como observadores haya. Y todas serán ciertas desde cada prisma. Así que la verdad no es más que la fiel imagen de lo vivido con los matices del viviente. Es esa diversidad la que da la esencia a lo que somos, y es en lo que a mí me gusta centrar mi atención.

  Dicen que lo vulgar abunda, por tanto puede que lo excepcional escasee, o quizá no hemos sido capaces de distinguir lo peculiar. No culpemos al otro de no ser aquello que nosotros somos incapaces de descubrir. Rasca la superficie y puede que disfrutes adentrándote en la tierra como un topo que sin ver, siente cuanto le rodea.

  Acaricia mi piel…

 y con cada roce te recitaré un verso de mi ser,  y con cada verso te abriré una de mis llagas, y de ellas brotará el grito que ando escondiendo tras mi cara,  tras una sonrisa enquistada

  Porque nada es lo que parece, ni lo que parece ser es.

“Todos los hombres nacen iguales, pero es la última vez que lo son” (Abraham Lincoln).

  De camino al autobús confirmé de nuevo lo equivocada que estaba de pequeña. Creía en lo iguales que eran las personas. Ahora creo más en sus diferencias. No os preocupéis, no soy practicante de la religión de los nacionalismos, ni busco la supremacía de la raza aria, ni voy a unirme a los “skinhead”, ¡con el dinero que llevo gastado en champús fortificantes! Simplemente he aguzado los sentidos para poder ver mejor los matices. Además, como ya he dicho en otras ocasiones, está bien que cada uno seamos de nuestro padre y nuestra madre.

  Creer en Darwin y en su teoría de la evolución es sencillo. Cuando subáis a un transporte público observad detenidamente. Encontraréis una amalgama de especies, entre ellas, una en peligro de extinción: el homínido que educadamente saluda a todos, cede su asiento y se disculpa hasta por respirar. Suele existir una subespecie dentro de ese grupo de trato amable: el contestador automático, también llamado asentidor instantáneo, ese es un individuo nacido para complacer a los papagayos. Se pasa todo el trayecto aflojando el muelle del cuello para asentir y usando a modo repetitivo la grabadora de voz bifásica primero “si”, segundo “cierto”, hasta oír el deseado fin de trayecto. Gloria bendita para los oídos desgastados de estas pacientes criaturas. Si nos fijamos en el papagayo en sí, podemos ver que son autóctonos del lugar, se mueven como pez en el agua. No importa el tema, dominan todos los ámbitos, aunque están especializados en los achaques de salud y en la critica despectiva. Son únicos cazando presas fáciles de orejas grandes. Tenemos algo también de otra rara avis que no se sabe muy bien si es o no es, no porque recite a Hamlet, sino porque parece ser que ni siente ni padece. Pasa por el umbral de la puerta ejecutora del vehículo en cuestión y recibe un gas narcotizante que al contacto con el asiento entra en trance. Suele soltar a mitad de camino algún que otro ronquido esporádico. A veces le asoma una babilla por la comisura que parece escaparse de un labio casi sin vida y algo colgón. La criatura acaba con cuello de jirafa, ya que al apoyarlo en el asiento empieza a deslizarse hacia atrás, asustando al observador que mira con pavor creyendo presenciar la grabación de la película del exorcista. Próximo al lirón puede que haya un espécimen sordo, ciego, mudo, y algún que otro rasgo destacable que es mejor omitir. Es muy considerado, ya que comparte su música con todos hasta por vibración y guste o no, hay que soportar el concierto entero. Si te atreves a decirle algo, por supuesto con gestos porque que te oiga es harto complicado, puede que te mire tras sus gafas oscuras, si se digna, y lo máximo que haga sea elevar los hombros para dejarte claro eso de “¿ qué quieres?, ¿te molesta?: pues te aguantas”. Porque claro, él piensa que un sitio público es para que cada uno haga lo que le sale de su especie, sin importarle a la que extinga con su actitud.

  En el grupo de “Homo conductoris” hay subgrupos muy variopintos. Entre ellos un descendiente directo del “Homo Habilis” que destaca por su destreza al volante. Sientes que el Dakar se le queda pequeño. Son los que te tatúan el logo de la compañía en la frente y en la nuca con cada acelerón y frenazo que realizan. Montarte durante su jornada es pasar de “Homo Erectus” a “Homo Torcidus”. Otro subgrupo es el “Homo Mutis”, entras en su cueva y ni si quiera parece estar. Si das los buenos días no contesta, ni gesticula, ni emite ningún sonido aceptable que entendamos por comunicación. En definitiva, es una rama que se creía perdida y que nunca terminó de adquirir habilidades sociales. La pena es que parece que resiste bien la evolución y sigue reproduciéndose, aunque la verdad es que no sé cómo lo consigue, imagino que toda su destreza en el cortejo se concentra en las partes nobles. Será otro subgénero del “Homo Erectus”, muy erectus.

  Con los viajeros compartimos origen y destino. A todos nos agrupan en el mismo grupo de engreídos “Sapiens Sapiens” y eso es bastante cuestionable, aunque peor es que nos autodenominamos humanos, mas dudoso aún por la falta de humanidad que a veces nos caracteriza. Las castas que somos o en las que mutaremos solo son y serán caprichos evolutivos.  

  Podría seguir hablando de la estirpe que nos acompaña en esta ruta de vida, pero se acerca mi parada y he de bajar.  

“La sabiduría de vivir consiste en eliminar lo que no es indispensable”(Lin Yutang)

  Cada cual lleva consigo su drama interior. Aparentemente se puede vivir una comedia, mientras por dentro podemos ser un actor jubilado sin ganas de seguir interpretando, o quizá un principiante escondido tras el telón esperando la oportunidad de salir a escena, o puede que un intérprete consagrado que sonríe ante su público y llora en la soledad de su camerino, o tal vez un director que oye en sueños los aplausos de su obra inacabada. 

  Podemos sentirnos protagonistas o meros observadores de nuestro propio espectáculo. Tal vez no percibimos, o tardamos demasiado en hacerlo, que una vez empezada la función no hay ensayos posibles, actuamos en riguroso directo. Y en ella debemos ser todos los personajes de la obra, incluido el director. Con cada escena decidimos en que consistirá nuestro repertorio. Si nos gusta dedicar más tiempo a ser bufón, dama en apuros, angelito, cabaretera, soldado, narrador…vamos cambiando de rol a demanda, principalmente externa, cuando deberíamos de hacer el papel de nuestras vidas enfundados con la piel con la que más cómodo nos sintamos, pues fundamentalmente debemos actuar para nosotros mismos más que para los otros que llevan a cuestas su propia historia.

  La primera vez que tomé consciencia de las tablas que tenía bajo mis pies sentí vergüenza. Me vi ridícula ante las miradas ajenas. Pensé que la traslúcida capa que envolvía mi cuerpo no era la adecuada para permanecer ante el público y así comencé a taparme. Me cubrí poco a poco, hasta notar el peso del ropaje que agota cuando lo cargas demasiado tiempo, pero lo ves necesario para seguir interpretando. A medida que avanza la obra te desprendes de complementos y tu actuación empieza a ganar calidad, aunque tal vez nunca será tan natural y placentera como cuando desconocías la existencia de espectadores. Paulatinamente comienzas a desnudarte. Capa a capa te liberas de las prendas que te sobran. Vas dejando de ser un figurante, y comienzas a tener la voz cantante. Ya no quieres esconderte tras el telón. Algunos consiguen ponerse ante los focos completamente desvestidos. Los despojados de ataduras acaban su representación con la piel curtida, agrietada, con señales del paso del tiempo, pero si miras sus ojos y su sonrisa, ves que ha merecido la pena ser uno mismo. Aquél que buscó el aplauso de otros termina con grandes galas, pero con una piel inmaculada, sin heridas de guerra, sin conseguir el papel principal en la obra de su vida.

  Yo aún hoy sigo a medio vestir. Noto la presión de la escena, pero he comenzado a desabrocharme la camisa, a soltar la melena y a dejar que el viento, de vez en cuando, levante mi falda.

  Disculpen, de momento hay que dejar la narración. Toca salir de nuevo a escena. Si quieren: ¡pasen y vean!