“Apresúrate lentamente”-(Suetonio).

“Se le habían roto los cristales de los anteojos y se le habían perdido las llaves. Ella buscaba las llaves por toda la ciudad, a tientas, en cuatro patas, y cuando por fin las encontraba, las llaves le decían que no servían para abrir sus puertas” (Eduardo Galeano -“El libro de los abrazos”)

  He leído este microrrelato varias veces. Cada una de ellas me ha llevado a más dudas que certezas. El por qué me centro en estas palabras del libro aún sigo sin saberlo, pero vuelvo a él, una y otra vez, cargada de los mismos interrogantes, sin explicación que me convenza. Puede ser que en el momento en el que pueda responderlas, consiga pasar la página sin sentir que me quedo atrapada en ella. 

  Esa mujer, que decide buscar a ciegas, o al menos sin la agudeza que parece necesitar para ir a ras de suelo, sustituyendo el sentido menguado por darle ojos a sus dedos, me genera intriga.

  Me pregunto cuál fue la causa que hizo que se rompieran sus lentes. Pudo recibir un golpe o tal vez fue una imprudencia. Quizá la premura creó el destrozo y la pérdida. Sabemos bien que hay que vestirse despacio si se tiene prisa. Y si es así ¿por qué corría? Había tal vez una urgencia. O fue la emoción de una cita a ciegas. Puede ser que el destino la avisó para que no perdiera la ilusión al ver que no tenía ante ella lo que soñaba a veces despierta.

  A lo mejor era una niña que jugaba con las llaves de su casa de muñecas, en una ciudad inventada, montada sobre la alfombra del salón en un hogar de puertas cerradas, donde adultos, a sus ojos ausentes, se esconden de la realidad.

  ¿Dónde daría a parar al traspasar el umbral? Puede que fuese la protagonista de un mundo de ficción donde las llaves hablan. O puede ser una vecina a la que el narrador observaba a la espera de que las llaves que encontrara fueran las de su corazón. Quizá la chica iba de camino a casa, un día normal, dentro de una vida cualquiera. ¿Qué encontraría al cruzar las puertas? Tal vez eran las llaves de un despacho cargado de monotonía, o las de un hotel donde le esperaba el amante impaciente, o las del banco donde trabaja y ese día decidió robar. Acaso era Bea que iba al “Cementerio de los Libros Olvidados” a esperar a su amado Daniel (La Sombra del Viento).

  Y si esas llaves no abrían sus puertas, ¿qué otras cosas abría y a quién pertenecía las que encontró perdidas en la misma ciudad?¿Estaría buscándolas su dueño?¿Tendría éste en su lugar las de ella?

  Galeano decía que quería ser capaz de mirar lo que no se mira, pero que merece ser mirado, las pequeñas cosas de la gente anónima, ese micro-mundo donde él creía que se alienta la verdadera grandeza del universo, y al mismo tiempo, ser capaz de observar ese universo desde el ojo de la cerradura, es decir, desde las cosas chiquitas, asomarse a las cosas que son más grandes, los misterios de la vida.

  Es probable que Eduardo dejase en el relato las llaves perdidas de muchos de sus lectores, para que a través de él pudiésemos ser capaces de abrir las puertas que aún no hemos abierto. Quizá tú ya encontraste tus llaves. Yo, seguiré buscando entre sus líneas las mías.

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“La mejor forma de cumplir con la palabra empeñada es no darla jamás” (Napoleón I)

   He intentado llevar a cabo promesas. En cierta forma, intentar es poner empeño en cumplir. La emoción del momento genera el afán de traer la luna. Aunque esa fuerza desmedida mengua cuando tomas conciencia de las dificultades de pretender tan solo abarcar el satélite. Se nos llena la boca de impulsos que tragamos a sorbitos con el paso de los días.

  Las promesas no son más que el nacimiento de una voluntad. Algunas llegan a realizarse, muchas otras se desvanecen.

  Voy esquivando el deseo de prometer. Evitando el segundo eufórico que puede empujarme a caer en la idea de generar ilusiones pasajeras. 

  Me gusta darme en el momento. Cuando sé que lo que hago es porque quiero hacerlo, no por el hecho de haber dicho que lo haría. 

  Dejó de emocionarme el “sí quiero” hace años. No por la frase en sí, el verbo está bien conjugado. “Quiero” en ese presente, nada de “sí, querré”. El problema surge cuando tienes que decir ante todos los reunidos lo que se hará o no en los días venideros. 

  Cuando hacía mi carta de Reyes, pedía y pedía, sin indagar la procedencia de tanto regalo. En ese papel de egoísmo e ilusiones, dejaba a menudo un hueco para las promesas de obediencia y bondad. Algo así como unas mentirijillas mutuas. Los que leían me engañaban y la que escribía lo hacía igual, ambos con la misma buena intención. 

  Es sencillo mirar a un niño a los ojos, crear una expectativa, y poco después fallarle. Tú, puede que olvides fácil la promesa, él, en cambio, apaga sin que llegues a saberlo, una de las velas que mantiene encendido vuestro vínculo de confianza ¡Cuántas promesas incumplidas guardamos en el rincón oculto de la desesperanza! 

    Igualmente, enredados en unos brazos que no parecen tener fin, acelerados por los latidos y las hormonas, miramos a quien nos mira con las mismas ganas de oír de su boca lo que te mueres por decir con la tuya. Entre jadeos susurras con ansia un amor infinito. En ese preciso instante, puede que no quepa la duda en el propósito. Y ¡qué dulce saben las palabras que nos hacen soñar con una fuente inagotable de pasión! Poco nos importa en ese momento que tan solo sean proyectos. Nuestras miras se centran en sentirlos ya como objetivos cuasi realizados.

  Ya no me prometo nada a mi misma, ni siquiera en la intimidad del diálogo interior. Ni en los comienzos de año en los que quieres comerte el mundo empezando con la abstinencia de una dieta estricta. He comprobado que acabo con empachera de realidad. Es demasiado bueno lo que se planta a veces ante los ojos, y en exceso es mala mi constancia.

  Ahora sé que te daría de mí todo cuánto que me dejes darte. Mañana, ni siquiera sé si quedará algo que entregarte.

“De querer ser a creer que se es ya, va la distancia de lo trágico a lo cómico” (Ortega y Gasset).

  O tal vez no, algunos se desenvuelven bien en la tragicomedia. 

  Resulta curioso que aquello que para algunos es inconcebible, para otros sea inevitable.  

  ¿Sabríais manejar correctamente el papel secundario? Es más ¿sabríais dominarlo?

  A la mayoría nos predispone la sociedad, al menos psicológicamente, para desear ser el mejor en aquello que nos propongamos hacer. Eso de llevarnos un diploma olímpico es papel de fumar, queremos por naturaleza alzarnos cuanto más alto mejor. 

  En cambio, si analizas bien la situación, si aprendes una buena estrategia, si juegas bien tus cartas, los focos que dan de lleno a otros pueden iluminar nuestros pasos sin cegarnos y sin ser objeto de una continua evaluación pública.

  El reconocimiento nos llena de euforia. Estamos pletóricos con nuestras hojas de laurel mientras dura la salsa. Cuando acaban de mojar el pan, el plato parece insípido. Querrán que lo condimentes de nuevo y deberá ser mejor que lo que han probado, pues ya no es suficiente con estar rico, ahora tendrá que ser delicioso. 

  Seguramente la mayoría de nosotros, de alguna u otra forma, hemos experimentado la pérdida de protagonismo o, tal vez, ni siquiera llegamos a subir al escenario. Digerir la idea de que somos un granito de arena, una gota en un océano, uno más entre tantos otros, no resulta sencillo. Hay que saber gestionar ese punto de inflexión, adaptarse o conformarse. Aunque hay quienes han aprendido a hacer que la sombra sea más apetecible que aquello que la provoca. Hay quienes se dibujan así mismos en un papel y solos se dan vida. Dejan de ser un inmóvil monigote proyectando luz propia. Se puede sacar partido de lo que se podría ser, sin llegar a serlo, de la expectativa de lo que se puede aportar sin llegar a darlo. Ser un ilusionista que maneja la función ante un público expectante que desea creer en la magia. Las religiones aprendieron bien a llevarlo a la práctica. Lo que fue y lo que podría ser condiciona lo que somos. No es más que mantener la fe en lo que nadie ha demostrado. 

  Ahora bien, no hay que desvelar jamás el truco, pues pierde el poder de lo esperado. Que al ver la chistera crean que sacarás el conejo y al verte en la caja imaginen las espadas. Pero por nada del mundo les des lo que buscan, que nunca sientan que la actuación es la de siempre, porque la darán por acabada. Lo que se tiene se da por hecho, porque una vez ya conocido, sin remedio es minusvalorado. La pérdida de interés llega en el preciso instante en el que lo deseado lo hicimos nuestro. 

  

  Tal vez una vida de ilusiones ópticas no es lo que esperabas, pero nadie te ha confirmado que lo que ves cada mañana sea más real que lo que sueñas de madrugada. Nadie puede garantizarnos qué somos, ni a dónde vamos. Cada uno se ha montado una historia en su cabeza y vive según lo creado, que no es más que un mundo inventado.

  No solo hay que ser, hay que saber ser.

“Mi diagnóstico es sencillo: sé que no tengo remedio” (Julio Cortázar)

…hasta que aquella endemoniada tarde me subí a cuestas la locura camino del monte del olvido.

  No vengas a preguntarme la ruta, no me pidas el mapa, no configures tu gps. Ya borré las coordenadas. 

  Le arranqué las manecillas al reloj para alejar la pesadez del tiempo ante tu ausencia. 

  Me encerré a ratos para guardarte luto, pero salieron los fantasmas del recuerdo a acecharme. Tuve que maldecir tu nombre para que se desvanecieran. 

  Corrí, huí a la calle, paseé de la mano del alboroto y el barullo. Rodeada de un incesante ruido me senté en un banco, me acurruqué junto a un hombre estrafalario con la mirada perdida en el mismo horizonte que el mío. Y allí, me dejé ganar por el desaliento. Cerré los ojos hasta que hubo silencio, hubo soledad, y volvió de nuevo tu presencia.

  Eché a andar para salir del parque de los desorientados buscando el letrero que me indicara la vuelta a lo inevitable. A empujones de sensatez emprendí mi regreso a casa. No te dejé colarte por las rendijas del silencio. Para evitarte murmuraba, me repetía una y otra vez: “No tengo más remedio, que remediar lo que tengo”.

  “El secreto de la existencia no consiste solamente en vivir, sino en saber para que se vive” (Fiodor Dostoievski)

  Cuando a alguien le da por huir de sí mismo, se queda sin opciones tan pronto como empieza la huída.

  No hay rincones donde el eco de la propia voz no resuene con la contundencia de un taladro a máxima potencia. Si no se quiere estar y las circunstancias obligan, se perforan las alas de la libertad.

  Admites que no hay escapatoria del ronroneo perpetuo desde que se hizo presente por primera vez. Al verte entre la espada y la pared comienzas una batalla encarnizada por no perder ante el enemigo que mejor te conoce. No es posible una derrota cuando lo que hay en juego es lo único que te mantiene estable dentro de la gravedad.

  En los días en los que te reprochas todo y te argumentas cada intento de bloqueo, la energía se reduce y deja poco margen a los actos cotidianos. Ese día te levantas guerrera y comienzas la cruzada. Luchas por expropiar de tus dominios a la pesadumbre y el hastío, a la sinrazón, a toda idea que te inmoviliza y crea una calzada empedrada y cuesta arriba. Y esa solo la construyes tú.

  Te ríes de todo y de todos con una risa sarcástica y desganada. Fruto de un ataque de locura premeditado por una consciencia agotada de buscarle sentido al desgaste mental al que te autosometes.  

  Desvirgas las nuevas ideas de cambio con el falo erguido por las pastillas de lo insustancial. No dejas brotar la semilla del desahogo. Te deshidratas a propósito porque nada parece merecer gotas de esperanza. 

  No haces más que gritarte que puñetas te pasa para complicarte sola uno de esos tantos días de los que tienes la suerte de disponer. Te mortificas en silencio, clavándote la censura social que crees que aplicarían los que supieran que tras esa foto con sonrisa radiante, hay alguien al que le falta el aire, porque se pone una bolsa en la cabeza ella misma, para no oler la realidad que no es más dura que la del resto de afortunados que la rodean, pero que hoy, despertó sin ganas de respirarla, sin fuerza en los párpados, que caen presionados por la bestia interior de pensamientos punzantes, que consigue acallar la mayor parte de los días para poder seguir.

  ¿Para qué narices dejo sonar cada mañana el despertador que me esclaviza a una constante de idas y venidas de actos mundanos? Sé que esto es el vivir, y quiero hacerlo porque no hay otra cosa más interesante que pueda hacer de momento, pero quiero hacerlo sabiendo de lo absurdo que me supone una existencia.

  

  Hoy no voy a pedir disculpas por lo que he escrito, aunque deprima, aun sea malo e insoportable. Hoy no hablo de lo maravilloso que es el mundo, ni de todo lo bello que me ofrece. He liberado lo oscuro, lo sucio, lo turbio que me atormenta. No todos somos almas cándidas, al menos en todo momento.

  “No puedes evitar que los problemas llamen a tu puerta, pero tampoco hay necesidad de ofrecerles una silla” (Joseph Joubert)

  Mientras ocurre el trasiego diario, mientras todos se centran en los quehaceres cotidianos, mientras las manecillas giran impulsadas por la agonía del tiempo, yo me entretengo pensando en los caminos por los que serpentean los actos que llevamos a cabo. El estar de vacaciones es lo que tiene, tiempo para entretenerse en lo que a uno le gusta.

  Intentar evitar es tan complicado a veces como intentar coincidir. ¿Han jugado alguna vez a hacer Sudokus? Colocar números en un cuadrado donde no se repitan tanto dentro de él como en la línea que le cruza horizontal y verticalmente. Puedes centrarte en probar suerte con el “aquí mismo, error o acierto” (poco efectivo a mayor nivel de dificultad) o haces un estudio pormenorizado de las posibilidades. En la vida solemos jugar en contrario. Somos como esos números, pero en este caso buscamos coincidir en la misma trayectoria con los que son iguales a nosotros. Otras veces llevar a la práctica el juego con sus verdaderas reglas de esquivar hasta verte solo en el horizonte es misión imposible.

  Salvo excepciones, no solemos pasarnos la vida en ninguno de los dos extremos. Ni evitamos, ni buscamos continuamente la soledad o a nuestras almas gemelas. Aunque por regla general nos escondemos de los problemáticos y sus temáticas de almas en pena y nos acercamos atraídos casi como por un imán al que nos saca la sonrisa y acelera nuestro corazón.

  ¿Qué soléis evitar?

  Yo evito comprar chocolate, porque soy incapaz de comerme una onza, no paro hasta zamparme la tableta. Evito coincidir con los vecinos en el rellano, porque me resulta incómodo no tener un tema de conversación más interesante que el tiempo que hace ese día, ya que lo que me suele interesar a mí la mayor parte de las veces no coincide con mi interlocutor y a la inversa. Evito hablar con rotundidad casi de cualquier tema, aunque a veces caiga en el error, hay que intentar esquivar “los siempre y los nunca”, no se sabe hacia donde soplará el viento mañana y las velas habrá que adaptarlas para seguir avanzando. Aunque me encante debatir, evito el discutir. Con el tiempo descubrí que hay una palanca de bloqueo interior que hace incompatible el razonamiento cuando percibimos contrariedad, es decir, que queremos llevar la razón cuando nos porfían por pura tozudez. Evito ponerme el sujetador para dormir y en cambio evito no llevarlo durante el día. Evito las fotos de perfil, nunca me gusté así, quizá sea porque me gusta ir de frente. A no ser que en ella lleve escrito un secreto. Voy a evitar seguir escribiendo sobre lo evitable, que a veces se convierte en inevitable.

  Por el contrario, ¿en qué tenéis fijada la mirada?

  Yo busco incesantemente la emotividad de las cosas. No puede acabar un día en el que no haya sentido algo con intensidad, en lo más simple del día a día o en la complejidad de un pensamiento. No me gusta que la vida pase sin provocar una reacción en mí. Por ese motivo, si en algún momento pasan las horas sin que nada me altere, cojo un libro o entro en alguna web, como un sabueso que necesita capturar la presa que le hace mover el rabo. En ellos busco esas palabras que recorrieron la mente de otra persona para que traigan hasta mí lo que ellas sintieron al crearlas. A veces busco la melancolía, preparo el escenario con música lagrimosa, y me revuelco en lo vivido.

  Con lo que buscamos y evitamos vamos creando un mapa que puede llevarnos hasta el tesoro de la felicidad. No imagino vivir sin sentir a cada instante que estoy viva.

  Antes de cerrar el texto, antes de que salgas de este rincón y me acalles de nuevo. Déjame decirte que cuando tus ojos dejan de posarse en mis letras, resulta inevitable sentir el dolor que produce la aguja que tatúa el silencio. Por eso dejo la tinta grabada en estas lineas, por eso vuelco estas palabras, porque aún sin saber si pasarás a recogerlas para introducirlas en algún poro de tu piel, siento la necesidad de compartir mis pensamientos contigo. Este espacio no tiene sentido sin tus confidentes visitas, porque si algo busco, es a ti.

“A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo con el amor” (Elena Poniatowska)

  Con el paso del tiempo no solo he cumplido años, también he cumplido sueños. Lástima que algunos de ellos fueran pesadillas.

  Durante la infancia aprendí a disfrutar de la magia que se produce en mi mente cuando ésta crea ilusiones. Sin embargo, todos sabemos que llega un punto en el que el velo de la inocencia se cae modificando la percepción de lo imaginado. Ser mariposa no resulta tan grato cuando descubres que todos empezamos siendo unos capullos. Pero a muchos, durante algunos años más, nos dura algo traslúcida la capa de la ingenuidad de cupido. Creemos en sus flechas tanto que sentimos que se clavan hasta el hueso. Mas adelante no es que no creamos en él, es que parece que perdió fuerza en los brazos y pasó de tirador olímpico a jugador senior del club de la tercera edad.  

  No he sido una princesita de cuento, pero he creído en las historias de amor. Aunque a medida que pasan los años vaya cambiando el final de la historia. Tal vez dude algo del “por siempre jamás”, aunque hay excepciones que confirman la regla. He visto a demasiados príncipes irse a afilar su espada a otros castillos y a princesas a las que le suenan las doce campanadas y continúan de fiesta. No es que haya abundancia de personajes malvados, no todos quisieron el papel de bruja o hechicero, simplemente que el poder del conjuro no tiene porque durar eternamente.

  La búsqueda incesante de lo que nos enamora es otra de las tantas batallas que llevamos dentro, aun sabiendo que la desilusión nos vence algunos combates.

  Existe un valle desconocido para aquellos que viven enamorados, donde habita la viuda negra de las pasiones. Aquél que cruza el umbral de su morada, pierde la capacidad de sentir aquello que antes le emocionaba. Se desconoce el sendero que lleva hasta su puerta, pero se reconoce a aquel que un día fue a visitarla, porque su mirada se oscurece, en ella se instala la sinrazón de una llama apagada. De esos brillos que roba se alimenta la dama maldita, esa que un día vivió enamorada, y por despecho ahora se engalana de ropajes roídos con la piel de unos labios que ya no besan, de unas manos que ya no tocan, de un corazón que late sin fuerza en una cama de frías sábanas. 

  Los jóvenes no creen en ese cuento de viejas. Ojalá ninguno de ellos tuviera que verle le cara.

  “No le temo a la muerte, sólo que no me gustaría estar allí cuando suceda” (Woody Allen)

  Imaginemos que abandonamos lo que se bautizó como vida y nos adentramos en la ultratumba. Ese lugar que algunos llaman el cielo, paraíso, purgatorio, infierno, el más allá…¡vayamos a saber en que hotel nos ha tocado el alojamiento infinito! 

  No tenemos que preocuparnos, nos vamos a encontrar gente igual de interesante en cada uno de esos sitios. El ambiente puede estar mas o menos caldeado dependiendo de la ubicación, pero seguramente no habrá tiempo para aburrirse en ninguno de ellos.  

  Lo primero es subirse al crucero con la pulsera del todo incluido rumbo al puerto fijado. No os quejéis, no estoy retocando un poco la historia, es que la cosa ha mejorado desde la antigua Grecia. A Caronte ya la barca se le hundió de tanto usarla, y las monedas bajo la lengua junto con el meneo de la balsa daban un poco de arcadas a los pasajeros poniendo el bote de vez en cuando que daba asco. Así que el pobre barquero se puso en huelga en varias ocasiones por las condiciones laborales, llevando a Hades a aplicar mejoras en el puesto.

   Si me toca ir al sitio deseado por las almas oradoras. ¡Olé! Resultaría que los hubo más pecadores que yo. El alojamiento de tercera clase seguramente estará completo a estas alturas con tanta crisis inmobiliaria. Quizá me hospede en una suite de lujo que coja por ganga. Puede que no en el residencial de “Los Santos Inocentes”, pero el de “Sálvese Quien Pueda” tampoco estaría mal. Sé que allí tendría por vecino a Thomas Andrews Jr. No se preocupen, no construyó el barco que les trae a este puerto, desde que diseñó el Titanic no lo contratan en ningún astillero, anda haciendo de chapuzas por el barrio.

   El residencial contiguo es “Sin Letras No Hay Paraíso”. Lo sé, puede confundir a más de uno. Pero lo mismo me pasó cuando supe de que trataba “La Divina Comedia”, me timaron con el título, puede pasaros como con este texto, que no le encontréis por ningún sitio la gracia. Bueno, pues esta urbanización de hecho está plagado de vecinos timados, llegaron en busca de los ansiados volúmenes de Eva e hinchados de frustación se quedaron. Pero ya sabemos que estamos en tierra santa, aquí nada de lujuria. En fin, un barrio de escritores ansiosos con la pluma reseca. Ahí podemos aprender bastante, se encuentran todos los componentes de la “Real Academia de los Mandamientos”. Actualmente se encuentra en reforma por el sexto y el noveno de ellos, porque eso de los “actos impuros” no queda muy claro en la tierra, y como el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento, se nos están perdiendo demasiadas almas por ese tema. Tito Satán está que echa chispas por el “overbooking” de su cálida morada.

  Si por el contrario desembarcas en “Porto Purga”, ya sabes que aún no estás en tu destino definitivo. Es algo así como un parador en tierra de nadie. Un ni aquí, ni allí. Tiene spa con agua bendita y 24 horas de cabinas de confesión. Te garantizan que en 20 sesiones intensivas te dan alojamiento en la zona celestial.

  Algunos acaban en el limbo, ni se enteran que vivieron, murieron o tan siquiera que aún existen. Un camping privado. Esas almas viven acampadas a la intemperie sin billete de vuelta y sin rumbo fijo. Dicen que allí se quedan principalmente aquellos que dejaron voluntariamente de estar vivitos y coleando. Hay buena música ambiente. Si tienes alguna duda, te acercas a recepción y Kurt, un rubio monísimo, te ayuda a volver a estar en la inopia en poco tiempo.

  Mas al sur está “Porto Allegre” donde se ubica el Gran Resort “Principe Blas”. Quiso abreviar y camuflar el nombre completo, ya que asusta un poco por la bruma. Allí hay un gran elenco de personajes de la historia. En “Villa Tridente” se aloja el director del hotel, no hace falta presentarlo, “el Tito” se presenta cuando menos te lo esperas. El complejo hotelero tiene cocina en vivo con un restaurante principal especializado en canibalismo “Las Brasas”, suena apetitoso. Nada más llegar te ofrecen un cóctel de bienvenida con vino de la prestigiosa casa de Elizabeth Bathory. Ofrecen actividades durante todo el día. La animación la organiza “Pol Pot S.L.”, si te gusta el juego de las minas, él te ofrece una zona lúdica exclusiva. Hay servicio de canguros llamado “Herodes Kids”, con actividades en la cámara de gas y tiro con arco. Las piscinas son de aguas termales en las que te garantizan el despellejamiento y un peeling gratuito a base de pirañas exóticas. Con la reserva te hacen un regalo a elegir entre: un tatuaje del exclusivo centro ruso “Ivan, y no vuelven” o un penetrante perfume de origen iraquí creado por “Ali, Quiminova”. Las veladas acaban con unas tracas finales cortesía de las “Compañías Schutzstaffel”. Ya sabéis que nuestro Abu Adolf es un encanto, se retuerce el bigotillo de ilusión por amenizar cualquier evento. 

  Llega el momento de resucitar fantasiosamente hablando. Tanto divagar con el interesante devenir puede crearnos ansiedad por coger las vacaciones anticipadas y acabar al final en el limbo por impacientes.

  Mejor dejaré que cada cual compruebe por si mismo que hay al final del túnel. Aunque si alguno se muere de ganas por volver a contarlo, no dudéis en contactar conmigo por el medio que más económico os salga: vía ouija, telepáticamente, llamada a cobro revertido, o si ya veis que aun así no me entero de nada por el despiste, me mandáis un poltergeist de esos juguetones, y ya veréis que pronto respondo. Aunque la verdad, siempre me han dado mas miedo los vivos que los muertos.

  Bon voyage! 

“Personalmente siempre estoy dispuesto a aprender, aunque no siempre me gusta que me den lecciones” (Winston Churchill).

  Cuando te confías como la liebre del cuento, terminas recibiendo una lección de la tortuga. Las carreras de fondo no admiten distracciones si tu intención es lograr unos buenos resultados y no solo cruzar la meta.

  Nos pasamos la vida siendo aprendices de todo, aunque muchos se consideren maestros. Maestros de la ciencia de la nada.

  Recuerdo decir en casa cuando me daba pereza algo:“es que no sé hacerlo”. Automáticamente mi madre contestaba:“pues aprende, nadie nace sabiendo”. ¡Y tanto que aprendía! La mejor lección no fue el conocer cada tarea (sin duda de gran utilidad), sino la frase en sí de que todo se puede aprender en mayor o menor medida, para ello es imprescindible la constancia y el esfuerzo.

  Ahora entiendo por qué me encantan tanto las palabras de los diversos autores que publico con cada texto. Normalmente son fruto de experiencias vividas que nos aportan un enfoque personal de un determinado hecho que puede servirnos en algunos momentos para reflexionar. Mi madre comenzó a adentrarme en ese mundo de las “frases guía”. Luego se quejaba de que con los años todo se lo replicaba. Esa fue una de las consecuencias de educar con citas y refranes, me enseñó a pensar así. 

  Las frases también estaban muy presentes en la escuela. Fui a un colegio de monjas. Tan admirado y criticado por la sociedad como amado y odiado en igualdad por sus colegiales. No te deja indiferente si lo vives de cerca. Las paredes estaban decoradas con un gran repertorio de enseñanzas que nosotros mismos ayudábamos a cambiar cada cierto tiempo. Leer a diario cada una de aquellas palabras, terminaban calando hondo, para bien o para mal. Era un recordatorio continuo de los errores a evitar y los caminos correctos a seguir. Está bien eso del mensaje subliminal, lo que a nadie le gusta es que se le imponga una idea.

  También fui discípula de la calle. La picaresca la desarrollamos allí más que en ningún otro lugar. El juego con los amigos, las relaciones interpersonales, los ambientes alejados del rol protector del adulto te forja el carácter. Dos lugares fueron los principales, uno cercano a la familia frente a un gran descampado con dos porterías de fútbol, principalmente rodeada de primos donde te preparas para el verdadero salto a la sociedad. Ese salto lo di en un lugar que llamábamos “El Patio”. Así bautizado porque parecía un patio escolar. Una pequeña placita rodeada de pisos con bancos de piedra donde los “niños” (y no tan niños) de los alrededores nos reuníamos para jugar, charlar y tontear. Sí, tontear también, allí conocí a mi primer amor. Porque el amor también te instruye. En aquel sitio mi “pavo”(cierta ingenuidad) acabó reduciéndose a fuerza de palos. Me enseñaron a ver tantos puntos de vista, que solo de allí puedo sacar un libro de frases de vida. Aprendí a tener cuidado con lo que decía, donde me sentaba, que comía, porque todo era punto de partida de una enseñanza a base de bromas y piques que me despabilaban para lo que más adelante me esperaba.

  Formamos parte de un gran centro de prácticas. Cursamos una carrera de la que nunca te licencias y mejor así, no quiero obtener el título de fin de formación, de momento.

  Hay a quienes les gusta repetir curso, los que se quedan en preescolar, los hay aventajados que se saltan etapas regladas, aquellos que disfrutan faltando a clases porque aprenden por su cuenta, los hay de primera y de última fila, los que se esconden tras los libros para pasar desapercibidos y aquellos que levantan la mano porque desean quitarse dudas y otros para hacerse notar. 

  Con independencia del tipo de alumno que seamos, repasa las lecciones y “nunca lo des todo por sabido”. Vive la vida como ese patio de recreo en el que nunca es tarde para aprender jugando.

“Si ves que mi canción acaso no resulta, avísame y recojo la melancolía… Melancolía” (Alejandro Sanz)

  ¿Y si no quiero recordar? 

  Hoy sopla el levante con fuerza. Espero que con él se vayan los recuerdos, esos de los que deseamos a veces huir, de los que desgarran por dentro. 

   No quiero recordar, aunque pueda parecer injusta para aquel que lucha contra el dragón que vacía las mentes abarrotadas de vivencias, aquel que al llegar a la vejez arrasa con aquello que un día se fue. 

  El vagón desmemoriado no me deja decidir en que apeadero detenerse. Por si mismo se lleva y trae pensamientos que a mí pueden parecerme azar y a él el juego de construir el puzzle de otra de tantas vidas.
  

  No quiero rememorar el olor de la piel de mi madre cuando me dejaba apoyar la cabeza sobre su barriga al salir de la ducha, porque ese momento de absoluta seguridad no ha vuelto a aparecer con la misma intensidad.

  No quiero recordar el sabor de las despedidas, porque el amargo se hizo más presente en mi paladar tras cada una de ellas.

  No quiero el recuerdo de mirar por una ventana y ver tras el cristal aquello que no volveré a ver mañana.

  No quiero oír las canciones que parecen haber sido compuestas para abrir el baúl de la nostalgia. Me cansé de acunar unas letras que arañan.
  

  No quiero ni que la brisa me roce cuando mi piel sueña con las caricias que se fundieron con mi cuerpo apropiándose de él. 

  Hoy por no querer, no quiero nada que me haga ser consciente de que somos efímeros. Hoy necesito entrar en la cueva solitaria, bañarme en el fango hasta el cuello aunque otros días evite pisarlo. Pero quizá, cuando se trata de hablar sobre la vida, todos y cada uno de los sentimientos han de tener cabida. Hoy se adueñó de mí la melancolía. Hoy, espero que solo sea hoy, como sabemos que únicos son los días e irrepetible lo que en ellos se graban. Hoy debe ser una excepción que confirme la regla de las alegrías. 

  “Si no tome mi consejo, y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, sin otras manos que le acaben que las de la melancolía” 

(M. Cervantes)